sábado, 10 de noviembre de 2012

Sin amor no hay comunidad, y sin normas no dura.

Durante demasiados años, multitud de intelectuales y artistas han persistido incansablemente en desmontar todo tipo de normatividad, legal y moral, que restringiera la libertad del individuo. Se podría decir que, a día de hoy, su proyecto ha triunfado en gran medida, que somos más libres de lo que lo habíamos sido nunca. Por fin cada individuo puede expresar su identidad y particularidades sin cortapisas, salvo excepciones muy puntuales. Visto así, lo normal sería pensar que la sociedad debería mostrársenos de lo más variopinta y diversa. El problema es que no es así. Incluso me atrevo a decir que no ha habido sociedad menos expresiva y tan homogénea como la actual. ¿A qué se debe esta contradicción? Muy sencillo. No es una contradicción, ya que, de hecho, esa supuesta libertad no es tal, o no tan amplia como muchos quieren pensar.

Ante la permanente crítica a la que se han visto sometidas por filósofos, feministas, teóricos pro derechos de las minorías, partidarios de la tolerancia cero contra el intolerante, etc, las normas sociales, lo que establece qué es lo normal y qué no, no han desaparecido, simplemente se han sutilizado y se hallan más ocultas. Debido a la aceptación implícita e inconsciente de diversas normas sociales, la singularidad de los individuos se restringe a meras actitudes superficiales. Pero la solución no es escarbar más para tratar de desvelar eso que muchos asumimos inconscientemente, para someterlo a crítica, pues ello simplemente llevaría a que se sutilizara todavía más. Librarse por completo de las normas sociales es una quimera y nada deseable si de hecho fuera posible. La cuestión es asumir de forma consciente las nuevas normas que nosotros, como comunidad y como individuos, elijamos darnos, y que no sean sólo aquellas normas que tratan de proteger a la individualidad.

Todo esto no significa que haya que renunciar a la crítica negativa de las convenciones sociales. Pero la posmodernidad la ha llevado al extremo de la pura paranoia, produciéndose constantemente situaciones en las que cualquier actitud, incluso una simple palabra, se considera una violación del derecho de otros a ser diferentes. Muchas personas se ven ofendidas por el simple hecho de que se les intente convencer de algo. Cada uno piensa de una manera y por lo visto siempre hay que respetar que piense distinto. Pues no. No tengo porque respetar una determinada forma de pensar. Yo respeto a las personas. En fin, el problema es que la gente no está acostumbrada a discutir; rehuye cualquier tipo de conflicto. Pero sin conflicto no hay verdad, sólo solipsismo. Si alguien dice que pasa de la política o que el cine es un mero entretenimiento, voy a hacer todo lo posible por convencerlo. Porque, nos guste o no, vivimos en una sociedad; lo que otros piensen determina como van a actuar y, por tanto, me afecta. Así que me veo con derecho a inmiscuirme en su individualidad.

En un contexto en el que tratamos de reprimir nuestros impulsos de intervenir en la individualidad de otros, son los imbéciles que no saben autogestionarse los que acaban imponiendo su criterio sin saberlo. El problema no es la tolerancia, sino la tolerancia impostada, máscara del nihilismo más abyecto y la total falta de respeto por la vida y lo humano. Éste es el gran monstruo del liberalismo que ensalza las virtudes del individuo y lo sobreprotege manteniéndolo en una burbuja, creando así un individuo débil, incapaz de enfrentarse al mundo. Yo defiendo un individuo fuerte, que no tema al conflicto o incluso le vaya al encuentro. Pero este individuo fuerte no surge de la nada (ningún individuo, en realidad). Necesita de una comunidad fuerte, que le inculque unos valores, lo eduque y lo instruya desde joven, para que cuando sea adulto pueda enfrentarse al mundo. Pero no hay comunidad posible sin ciertas normas que la sustenten. Solo que hace tiempo que el liberalismo acabó por aniquilar cualquier tipo de normatividad y, por ende, toda forma de comunidad. Lo cual le viene de maravilla al capitalismo. Así, sin comunidades que doten de expresividad propia y autónoma a la sociedad, los individuos se convierten en esclavos del sistema de producción de ficciones capitalista-estatista. Una sociedad -entiéndase aquí sociedad como algo distinto de comunidad, como una amalgama de individuos y comunidades- que sólo es capaz de reconocer como normas a las leyes, es una sociedad alienada, incapaz de responder ante la adversidad y dependiente de unas instituciones paternalistas.

Tampoco es cuestión de ponernos nostálgicos y tratar de volver a las formas de comunidad previas a su desaparición. Hay que tratar de formar comunidades nuevas, aunque sin renunciar a la memoria del pasado. Debemos ir al encuentro de unos con otros, buscar aquello que tenemos en común, dotarnos de ciertas normas mínimas que le den estabilidad y comenzar a producir una ficcionalidad con la que podamos dar cuenta de la realidad de forma autónoma. Pero para ello hay que renunciar al universalismo, a la pretensión cristiana y marxista de crear una comunidad universal. Porque eso sólo es posible precisamente mediante la destrucción de cualquier comunidad, de toda anomalía que amenace la uniformidad de la sociedad. Y nada está teniendo más éxito en esta empresa que la globalización capitalista: cada día parece más plausible un mundo sin fronteras físicas o mentales en el que el individuo pueda moverse sin obstáculos, pero sin refugio alguno, siempre a la intemperie. Por otro lado, el nacionalismo tampoco es la respuesta, pues en el fondo también es universalista. Siempre trata de fagocitar dentro de sí a todo lo diferente. No, la comunidad no puede surgir desde una determinada creencia, frontera física o sistema económico-político. La comunidad sólo surge de la intimidad compartida y del amor que se da en dicha intimidad. Observad el mito de Adán y Eva como fundación de la primera comunidad humana mediante el amor. Toda comunidad es siempre excluyente: ni trata de fagocitar al diferente, ni lo acepta dentro de sí. Eso no quita para que una comunidad no pueda establecer vínculos con tras comunidades o individuos y formar una sociedad, sin por ello renunciar a su singularidad.

Ahora mismo nos hallamos muy próximos al estado de naturaleza que filósofos como Hobbes o Rousseau trataron de atisbar. Entiéndase el estado de naturaleza como el momento previo a la formación de la comunidad humana y a la civilización. Es en las situaciones revolucionarias, en los momentos de colapso de la comunidad, cuando el hombre vuelve a su estado de naturaleza originario. Un orden se rompe y surge una situación de caos que da lugar a un nuevo orden. Solo que ahora -y hablo en términos generales- nos hallamos en una revolución permanente. La comunidad destruida no ha dado lugar a una nueva comunidad. Y así nos encontramos en un indefinido estado de naturaleza: individuos aislados que luchan por su supervivencia sin crear nexos duraderos entre sí; una brutalización constante; una vida entregados a los placeres más bajos y efímeros; un deambular por el desierto solitarios y sin destino, presos de los espejismos. No somos nómadas, pues para el nómada el desierto es sólo parte del camino entre oasis y oasis. Pero nosotros no sabemos parar: siempre en perpetuo movimiento y permanentemente cansados. Lo más triste es que creemos ser libres en el desierto, pero sólo somos ganado. Nosotros somos migrantes sin hogar, meros náufragos. Lo que tenemos que hacer es pararnos, pensar y compartir, nada más. Nunca pensé que diría esto, pero lo más subversivo en estos tiempos, aunque parezca extraño, es ser conservador. Debemos mantener lo poco que nos queda de civilización y reconstruirla desde ahí.

domingo, 12 de febrero de 2012

Anaximandro y la cosmovisión nómada

Dado que estos últimos días no me he encontrado con fuerzas para escribir, debido a unos pequeños seres unicelulares que me están jodiendo la vida (nunca mejor dicho), estoy dejando este sitio demasiados días abandonado, siendo que acabo de abrirlo. Así que, para que no os aburráis hasta que escriba mi próximo articulazo que seguro removerá los cimientos de la Interné y hará explotar los routers, os dejo este texto que realicé el año pasado para un trabajo de mi asignatura de filosofía antigua, el cual considero que no me quedó nada mal. Además, es adecuado para las temáticas que trataré de poner en orden en este blog. Salvo algunas pequeñas modificaciones y enlaces añadidos, está tal cual lo entregué. Ala, espero lo disfruten.

INTRODUCCIÓN

Uno de los aspectos más llamativos y que más interés despiertan de la cultura griega, es su carácter transitorio y fundacional de la cultura occidental, mucho más documentado que en cualquier otra cultura. Por ello, por ser una transición de la oralidad y el nomadismo a la escritura y el sedentarismo, resulta interesante observar cómo los cambios en la forma de vida en la antigüedad podrían haber influido en las cosmovisiones occidentales y, por ende, en toda la tradición filosófica y científica que de ellas se deriva. Los primeros filósofos nos permiten atisbar algo de la cosmovisión primitiva, siendo Anaximandro uno de los mejores exponentes a la hora de representarla. Lejos de ser un hallazgo tan novedoso, es una de las muestras más claras de una cosmovisión que hunde sus raíces en el pasado más remoto de la humanidad.

ORÍGENES

Anaximandro de Mileto (nacido en el 587/586 a. C. y fallecido en el 545 a. C. aprox.1) forma parte de los llamados «pensadores jonios», comúnmente considerados como los primeros filósofos, por tratar de explicar la naturaleza racionalmente, sin recurrir a trascententalidades míticas, sino como un todo autónomo que se rige por sus propias reglas, al margen de los caprichos divinos. Algunas de las razones aducidas para explicar este florecimiento intelectual son que fue posible gracias a la prosperidad material jonia en aquel tiempo (que permitía que algunas personas pudieran dedicarse a la filosofía a tiempo completo), a la libertad de pensamiento de que gozaban, el contacto por mar y tierra con diversas culturas y a una tradición cultural y literaria que data de la época de Homero.2 El primero de estos filósofos fue Tales, maestro de Anaximandro, de quien se dice aprendió de los sabios de Oriente y Egipto, lo cual es todavía debatido, aunque es bastante probable que viajara a Egipto y que también hubiera entrado en contacto con sabios del Imperio Aqueménida. De hecho, Herodoto le atribuye ascendencia fenicia, lo cual reforzaría la teoría del origen oriental de la ciencia griega.3

Los pensadores jonios (sobretodo los de Mileto: Tales, Anaximandro y Anaxímenes) no encajan muy bien en la típica imagen de filósofo recluido que construye su metafísica ideal y absolutamente racional, siempre mirando al cielo e ignorando lo que tiene delante (véase la anécdota de Tales cayéndose a un pozo). Muy al contrario, los filósofos jonios parecían tener los pies en la tierra y ser bastante pragmáticos (como ejemplifica la anécdota, real o no, de Tales haciéndose rico por medio de una artimaña financiera y la predicción de la cosecha de olivos). De hecho, Tales y Anaximandro tuvieron fama de ser unos hábiles ingenieros y se implicaron en cuestiones políticas y militares.4 Es evidente que las teorías de los jonios parten de una observación atenta de la naturaleza y que procuraron que la razón no los alejara demasiado de la realidad observable. Ello no impedía, por supuesto, que tomaran prestado ideas de la mitología (no olvidemos que toda mitología surge de un intento de explicar la realidad). Este intento de comprender la naturaleza mediante la razón lleva a Tales a buscar el principio o arjé de todas las cosas tomando como base sus observaciones. Así, concluye (según el testimonio de Aristóteles) que este principio no es otro que el agua: elemento que considerará como la sustancia primordial de la que surgen, o tal vez incluso se componen, todas las demás cosas, incluidos los otros elementos: fuego, aire y tierra. El atribuir al agua la categoría de arjé probablemente se relacionara con el hecho de vivir en una ciudad portuaria y la importancia que parecía tener lo húmedo en el sostén de las formas de vida y en los fenómenos meteorológicos. También es muy probable que tomara esta idea tanto de la mitología homérica y como de la oriental, donde hay múltiples alusiones a un océano primigenio.5 

TODO ES ÁPEIRON

Anaximandro irá un paso más allá en el proceso racionalizador comenzado por Tales y se deshará de cualquier alusión a uno de los cuatro elementos como principio. Propondrá que el arjé es el ápeiron: lo indefinido, indeterminado o infinito. De este ápeiron nacen todas las cosas y a el vuelven al perecer, "según la necesidad; pues se pagan mutuamente pena y retribución por su injusticia según la disposición del tiempo".6 Desconocemos cómo argumentó exactamente Anaximandro sobre el ápeiron. Nietzsche realizará una reconstrucción de como podría ser dicho argumento: "todo lo que deviene, perece, y, por lo tanto, no puede ser un principio. Todos los seres con cualidades propias son perecederos; por lo tanto, lo verdaderamente ente no debe tener ninguna determinación. De lo contrario, perecería."7 Pero los cosas existentes no perecen por sí mismas, sino que al desprenderse de lo ápeiron, se tratan de aniquilar mutuamente, produciéndose una suerte de equilibrio en el que todo lo existente perdura eternamente, aunque mutando, como resultado de ese conflicto. Ello supondría que el argumento que plantea Nietzsche no sirve, pues el ápeiron resulta totalmente innecesario si lo que deviene no perece gracias a ese conflicto. Pero ¿y si lo determinado formara siempre parte del ápeiron? Quizás Anaximandro se refiriera a que todo lo existente está interconectado; todo es uno, informe, indefinido e ilimitado. Debía de imaginar el ápeiron como una especie de sustancia fluida, como un océano que siempre se mueve y cambia, y a la vez siempre es el mismo, puesto que la composición no cambia. En resumen, lo indeterminado es una colección de elementos determinados. Es una perspectiva holística: la suma de elementos determinados no es otro elemento determinado, sino un indeterminado. Los elementos determinados primigenios, es decir, lo húmedo y lo seco, lo caliente y lo frío, no se separan, pues, del ápeiron, sino que los unos se separan de los otros.

No sería exacto considerar a Anaximandro como un monista, pues el ápeiron, dada su condición de indefinido, sería a la vez lo uno y lo múltiple. Lo caliente y lo húmedo surge de él, pero, en cierto modo, ya los contenía dentro de sí. Sería una especie de monsimo panteista parecido al de Spinoza, en el que hay una sola sustancia, pero con infinitos atributos. De hecho, no sería descabellado pensar que Spinoza se hubiera inspirado en Anaximandro. La condición divina del ápeiron, sería el infinito (Dios) que contiene a todo lo finito. Dado el recurso de hablar en términos socio-políticos como justicia e injusticia, podríamos pensar que toda la la cosmogonía de Anaximandro tomara como referencia ese terreno, algo que resulta mucho más evidente en Heráclito cuando habla del polemos. El ápeiron no es más que una totalidad abstracta o multiplicidad holótica, como también lo es el término demos (pueblo). Porque ¿qué es el demos? ¿Qué y cuántos individuos lo conforman? ¿Es el conjunto de ciudadanos de un Estado, los habitantes de un territorio, los miembros de una cultura, o la totalidad de la humanidad? Es algo cuantitativa, pero también cualitativamente, indefinido, y de él surgen las totalidades sociales concretas, es decir, definidas: los ciudadanos, las organizaciones e instituciones, los colectivos, etc. Del mismo modo surge de lo ápeiron lo húmedo y lo seco, y lo frío y lo caliente; a su vez, de ellos surgen los cuatro elementos y de ahí todo lo existente. Decir que lo ápeiron es indefinido, no significaría decir que es ontológicamente indefinido, sino epistemológicamente; es decir, que no es definible, demasiado complejo para que podamos emitir un juicio aceptable. Anaximandro, mucho antes de la aparición de los escépticos, hace uso de la epojé (suspensión del juicio), para poner un freno a la especulación metafísica.

Todo lo existente deviene en ese perpetuo y eterno ciclo de la generación y la destrucción. Así pues, el mundo es eterno, pero nunca es el mismo, aunque en su totalidad siempre lo es, al menos en un sentido, en tanto que siempre es y será indeterminado. A ello precisamente nos remiten los mundos innumerables de los que habla Anaximandro, a un mundo que se renueva a cada momento. Seguramente pensaba en ésto Heráclito al comparar el mundo con un río que fluye, no siendo posible bañarse dos veces en el mismo agua.

EVOLUCIONISMO O MUTACIONISMO

Así pues, la filosofía de Anaximandro es una filosofía del cambio. La existencia de ciclos de generación y destrucción no significa que todo se repita; más bien al contrario, lo que se destruye deja paso a la generación de algo nuevo (con generación me refiero a la combinación de elementos en una disposición nueva). En este marco cobra todo su sentido su teoría sobre el origen de los seres vivos, seres humanos incluidos.

Anaximandro plantea lo que para algunos es la primera teoría de la evolución biológica. En ella nos dice que "[el hombre] nació de criaturas de especie distinta, porque los demás seres vivos se ganan la vida en seguida por sí mismos y que sólo el hombre necesita de larga crianza; por esta razón, de haber tenido su forma original desde un principio, no habría subsistido".8 En otro de sus fragmentos podemos leer: "del calentamiento del agua y de la tierra nacieron peces o animales semejantes a ellos; en su interior se formaron hombres en forma de embrión, retenidos dentro hasta la pubertad; una vez que se rompieron dichos embriones, salieron a la luz varones y mujeres, capaces de alimentarse".9

Anaximandro debía pensar que, si el mundo era todo agua en un comienzo, los humanos no habrían podido sobrevivir en él, por eso debieron de haber surgido después de que parte del agua se secara, pero no era posible que los primeros humanos sobrevivieran los primeros años de vida en la tierra por sus propios medios, de ahí la necesidad de cierta protección especial. Lo más lógico era pensar que esa protección sería la de una especie de pez, dado que los primeros pobladores del mundo debieron ser animales marinos. G.S. Kirk admitirá que "es posible que Anaximandro tuviera cierto conocimiento de la dificultad de adaptación al medio ambiente".10

Cabría la posibilidad de que Anaximandro se inspirara en la antigua creencia babilónica de la existencia de hombre-peces,11 más teniendo en cuenta el probable contacto con este pueblo u otros cercanos por parte de Tales.

Según C. Leon Harris, no sería adecuado considerar a Anaximandro un evolucionista, pues "el problema que deseaba resolver era cómo el primer humano, un niño sin padres, pudo haber sobrevivido. Semejante problema no se le ocurriría a un evolucionista, ya que el primer humano habría tenido progenitores lo suficientemente parecidos a él como para alimentarle." En todo caso, valora que tratara de explicar el origen del hombre sin recurrir a explicaciones sobrenaturales.12

Estrictamente hablando, Harris tiene razón al afirmar que ésto no es una teoría de la evolución biológica, pues la evolución es un proceso de ligeros cambios, casi imperceptibles. Anaximandro pasa directamente de una especie a otra. La teoría de la evolución surge como un intento de dar respuesta a las numerosas, pero pequeñas, diferencias que se dan entre animales aparentemente de la misma especie. Anaximandro trata de entender cómo han podido sobrevivir ciertas especies. Pero considero que los biólogos y naturalistas aceptaron la teoría de la evolución porque se regían por unos principios epistemológicos semejantes a los que condujeron a Anaximandro a su teoría "evolutiva": reconocer la mutabilidad del mundo por causas inmanentes al mismo.

UNA COSMOVISIÓN NÓMADA

En Anaximandro encontramos un intento de explicar la existencia del mundo como el resultado de diversos cambios que se han ido produciendo y se siguen produciendo, por causas internas a su propia naturaleza. Si nos remontamos más atrás del milesio, parece que ésta fuera la concepción predominante. Tanto en la teogonía de Hesiodo como en las mitologías orientales, los dioses primigenios son sólo representaciones personalizadas de fuerzas y elementos de la naturaleza. Es decir, la mitología griega partía de una explicación según la cual la naturaleza cambia por sus propios procesos internos.

La concepción de mundo cambiante puede estar ligada al hecho de que, en tiempos de Anaximandro, no había transcurrido mucho desde que los jonios se asentaran en la región. Así (a parte del hecho de que los milesios comerciaran por mar, lo que suponía cierta movilidad), quizá tuviera que ver con su pasado como pueblos nómadas. El mundo en el que el nómada se mueve es siempre cambiante. Sus viajes le permiten comprobar la pluralidad, la variabilidad ambiental según el lugar y las complejas causalidades que transforman el mundo.

Esta visión irá perdiendo fuerza en favor de otra que considere la existencia de un origen causado por fuerzas externas al mundo, por un creador o un mundo trascendente. Todos los seres surgidos de esta creación no cambian, son siempre fijos, al menos en su esencia. Esto podría tener que ver con el abandono del nomadismo por el sedentarismo, que conduciría a un cambio paulatino hacia concepciones fijistas, acordes con el ambiente predecible y casi estático en muchos aspectos de la vida sedentaria. El mundo griego antiguo supondría pues una transición del pensamiento de la inmanencia y la mutabilidad a otro de la trascendencia y la inmutabilidad. Ésta podría hallarse en estrecha relación con el paso de la physis al nomos. Pero este paso se hizo necesario cuando se empezó a considerar la physis como inmutable. Al entenderse las normas y costumbres humanas (nomos) como parte de la physis, se las condenaba a ser estáticas, lo cual, para muchos pensadores, como algunos sofistas, resultaba inaceptable. Pero hubo un tiempo en que considerar algo como natural no suponía que fuera inmutable.

El predominio del pensamiento de la trascendencia y la inmutabilidad seguiría más o menos igual hasta la llegada de la modernidad, que empezaría a hacer tambalear las viejas concepciones, con el surgimiento de teorías inmanentistas, tal como podemos observar en Descartes (si eliminamos a Dios, su teoría es plenamente inmanentista) o en Spinoza. Pero será en la Edad Contemporánea cuando la Teoría de la Evolución de Darwin acabe demoliendo los esquemas fijistas. Curiosamente, Darwin realizó su trabajo en base a sus observaciones realizadas en sus largas travesías por los océanos. Pareciera que la intensificación del comercio, la mejora en los transportes, la distribución de libros impresos por todo el mundo y el correo postal produjeran cierto acercamiento a la percepción nómada de la realidad. Ninguna corriente filosófica o científica surge y se desarrolla al margen de su tiempo y de las formas de vida que condicionan la percepción.

Deleuze hace referencia a la existencia de una ciencia nómada, diferente de las ciencias oficiales, rastreable hasta la física atómica de Demócrito y Lucrecio, así como la geometría de Arquímedes. "Su modelo sería sobre todo hidráulico, en lugar de ser una teoría de los sólidos que considera los fluidos como un caso particular (...). Es un modelo de devenir y de heterogeneidad, que se opone al modelo estable, eterno, idéntico y constante."13 En Anaximandro también podemos observar cierto modelo hidráulico, con referencias constantes a cualidades líquidas o fluidas y a la mutabilidad: la importancia del agua en el principio del mundo y de la vida, el movimiento eterno de lo indeterminado, el devenir en mundos innumerables, etc.

Así pues, podemos ver a Anaximandro como un filósofo nómada en el sentido en que ve el cosmos como un devenir constante. El nómada no es el que se mueve, o no necesita moverse, sino que es el mundo el que se mueve en torno a él; si hay algo eterno en el cosmos, es inalcanzable, indeterminable, al contrario que para el sedentario o el migrante, los cuales se mueven en un mundo estático. Son diferentes cosmovisiones que caracterizan a unos tipos de sociedad y a otros, según su forma de vida, y que pueden condicionar en gran medida qué ideas o teorías serán aceptadas por la mayoría.

Notas

1Muchos fijan su fecha de nacimiento en torno al año 910/909 a.C. Yo prefiero atenerme a la interpretación de G.S. Kirk. Vease G.S. Kirk, J.E. Raven y M. Schofield, Los filósofos presocráticos, Madrid: Gredos, 2008, pp. 141-142.
2Ibid. pag. 109.
3Ibid. pag. 112.
4Ibid. pp. 113-116.
5Ibid. pp. 127-134. Aristóteles le atribuye a Tales dos únicos argumentos a favor del agua como arjé: la importancia lo húmedo para la existencia de vida y que la tierra debe flotar en el agua. Pero, si atendemos a sus sucesores, Anaximandro y Anaxímenes, es muy probable que Tales diera otros muchos y mejores argumentos. Tal vez, incluso, se refiriera al agua de forma metafórica similarmente a la que Heráclito hacía del fuego. Es decir, que el elemento primigenio es fluido y tiene un comportamiento similar al agua.
6Simplicio, Fís. 24, 13.
7Nietzsche, F., Los filósofos preplatónicos, Madrid: Trotta, 2003, pag. 52.
8Ps.-Plutarco, Strom, 2.
9Censorino, De die nat. 4,7.
10G.S. Kirk, J.E. Raven y M. Schofield, Los filósofos presocráticos, Madrid: Gredos, 2008, pag. 192.
11Gomperz, T., Pensadores griegos. Vol 1: de los comienzos a la época de las luces, Barcelona: Herder, 2000, pag. 96.
12Harris, C. Leon, Evolución: génesis y revelaciones, Madrid: Hermann Blume, 1985, pag. 54.
13Deleuze, G., Guatari, F., Mil mesetas: capitalismo y esquizofrenia, Valencia: Pre-textos, 2010, pag. 368.

Bibliografía

Deleuze, G., Guatari, F., Mil mesetas: capitalismo y esquizofrenia, Valencia: Pre-textos, 2010.
Gomperz, T., Pensadores griegos. Vol 1: de los comienzos a la época de las luces, Barcelona: Herder, 2000.
G.S. Kirk, J.E. Raven y M. Schofield, Los filósofos presocráticos, Madrid: Gredos, 2008.
Harris, C. Leon, Evolución: génesis y revelaciones, Madrid: Hermann Blume, 1985.
Nietzsche, F., Los filósofos preplatónicos, Madrid: Trotta, 2003.

martes, 31 de enero de 2012

Pensamiento heroico

Leyendo un artículo muy ilustrativo en el blog ¿Pero tú a ésto le llamas arte? (el cual os recomiendo encarecidamente) en el que el señor Observer realiza una dura crítica al marxismo y señala algunas importantes contradicciones de la obra de Marx,  me ha llamado la atención un detalle totalmente secundario al tema que trataba dicho artículo. Señalaba cómo en la obra El absurdo mercado de los hombres sin cualidades (donde se persigue una recuperación del Marx ortodoxo) sus autores apuraban la frontera entre lo entrañable y lo grotesco. También se refería a la obra de Marx como de una ingenuidad entrañable. Personalmente, me resulta curioso cómo buena parte del marxismo (dentro de esa simpleza de la dualidad de la lucha de clases o la asunción del capitalismo como un absoluto y por tanto pernicioso en todas sus formas) nos produce a muchos de los que nos sentimos insatisfechos con el actual sistema un sentimiento de apego o cariño. Algo bueno tienen que tener cuando plantan cara con tanto ahínco, en la teoría y en la práctica, a este sistema que nos asfixia, ¿no? De índole similar es el apego de buena parte de la izquierda a la los planteamientos marxianos. Nunca ha tenido el valor suficiente para, simplemente, plantearse la posibilidad de abandonar a Marx. Bueno, rectifico, es cierto que el PSOE sí lo hizo cuando Felipe Gonzalez afirmara lo de "antes socialista que marxista", pero eso no significó más que el abandono de cualquier planteamiento teórico sólido, quedando sólo un conjunto de ideas agradablemente poco problemáticas y superficiales sobre el Estado de bienestar y el progresismo moral. Por otro lado, a día de hoy, el marxismo se ha fragmentado en tantas corrientes distintas, siendo casi una constante la aparición conflictos internos; lo que me lleva a pensar que el problema puede deberse a sus mismos cimientos teóricos. Un apego incuestionable al pensamiento de Marx tiene como consecuencia que, si su interpretación de la realidad es errada, los esfuerzos por modificar esa realidad van a chocarse una y otra vez contra el mismo muro. Pero la salida a este problema no consistiría en renunciar a Marx de un plumazo, sino en atreverse a cuestionar sus ideas una por una, sustituyéndolas por otras que se consideren más apropiadas. Hay que deconstruir el edificio marxista hasta donde sea necesario, si es que la izquierda (el PSOE estaría fuera de esta categoría) quiere sacarnos de este atolladero en que nos encontramos actualmente. Con ésto no trato de refutar a Marx -ni estoy preparado ni es el objetivo de este artículo-, sólo estoy planteando lo que a mi ver sería el posicionamiento epistemológico idóneo. No importa Marx, no importa el capitalismo, no importa la revolución, no importa quien mató a quién en la Guerra Civil, lo que importa es que ahora estamos jodidos y queremos dejar de estarlo.

Lo anteriormente dicho me lleva a otra cuestión: cuando la situación es más o menos cómoda, resulta fácil apegarse a interpretaciones simplistas o diréctamente erróneas de la realidad, pero, cuando el malestar y la desintegración social comienzan a ser patentes, se hace urgente la necesidad de un pensamiento heroico. Digo heroico en el sentido de que tiene que tener coraje y valentía para plantearse cuestiones que nunca antes hubiera imaginado uno llegaría a pensar, a la vez que estar dispuesto a deshacerse de aquello que supone un lastre. Cuando el sufrimiento, la miseria y la locura dominan el panorama, si queremos luchar contra ello, debemos hacerlo con nuestras mejores armas, y cuantos menos apegos más fuertes seremos (evidentemente, exagero; todavía no estamos tan mal, pero todo parece indicar que pronto lo estaremos. Optimista que es uno). Pero el verdadero héroe nunca se considera a sí mismo como tal. Su heroicidad implica renunciar a su propia condición de héroe, porque es consciente de su debilidad, y la combate. El héroe, ante todo, combate contra sí mismo. Y pensar, en toda su amplitud, es éso. Pero no se equivoquen, ésto no tiene nada que ver con la moral cristiana ni con la autoflagelación. Todo lo contrario, va de liberar nuestro deseo de la cárcel que le hemos construido.

Quizás a más de uno ésto le pueda parecer de perogrullo, pero es sorprendente la facilidad con que las personas nos instalamos cómodamente en un posicionamiento intelectual, degenerando los debates en una simple cuestión de identidades, de "estás conmigo o estás contra mi", de "eso que dices es pura ideología burguesa". Eso es negar al que piensa diferente su capacidad de argumentar eficazmente por el sólo hecho de pensar diferente; y, si lo subestimas, tarde o temprano te mandará a la mierda y te quitará de en medio con facilidad. Así que, por favor, no traten de ser héroes; combatan contra sí mismos y tendrán alguna posibilidad de ganar la batalla.